Poesía de rendición

Entreabro los ojos vidriosos.
Entiendo.
Envaino las llagas,
lanzas de quebranto que hice mías,
son en mí, no cauterizan.

No van a verme o sentirme más pues,
retomo el libro que, a medias...
aquel que no supe, parado de la intriga
por saber y aún así, cómo acabar...

Otorgo final como el que sabe
que no hay rencor para un mundo,
o el mundo concluso no
resiente que vaya a desistir,
que al amparo de la lluvia desmenuce sus recuerdos,
reavivando antiguas estancias de realidad,
desterrado en latitudes calinas,
si conato de escriba con permiso de ser
entreabre unos labios rebeldes y consiente
que el estertor granulado le lama
los labios lacerando su piel,
ansiando su lengua
con el mutismo de una camisa
plisada que aguarda en un mueble ocre.

Una camisa que crepita,
revuelta y apuntalada de volutas;
una camisa que desafía al tiempo.


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